Cold War: Oscilaciones de un desamor sin tiempo, entre música y alcohol

Estrenar la sección Fuera de Cartelera con una película que está en cartelera es contradictorio y muy de jumpkater, pero tenemos nuestras razones. Cold War es una película que se habría topado con muchos baches hasta llegar a la gran pantalla, si Ida no le hubiese allanado el camino previamente. No es una obra comercial, ni se dirige a un público masivo, ni es fast food fácil de digerir –aunque el pequeño bocado apenas dura 90 minutos-. Por eso creo que, en esencia, está fuera de cartelera. Bueno, por eso y, por qué no decirlo, porque me apetecía hablar de esta joya.

Cuando llega Pawlikowski es mejor dejar a un lado los clichés. Una película polaca, en blanco y negro, sobre la Europa de postguerra, tiene todas las papeletas para dejar más de una butaca vacía. Pero lo cierto es que, cuando fui a ver Cold War este fin de semana, me contenté con ver el nuevo film de Pawlikoski en la tercera fila de un cine abarrotado, con el cuello contracturado, pero feliz.

El director polaco cuenta en su haber con un Oscar a la mejor película extranjera (2015) por “Ida”; toda una rara avisdentro del amplio palmarés de Hollywood. Y si ya era difícil igualar el logro, Cold Warretoma las coordenadas del éxito y va de camino; empezando por el premio en Cannes a la mejor dirección y continuando con su nominación a los Oscar del próximo año.

Cold War cuenta una historia dolorosamente personal inspirada en sus padres. La pareja, Zula y Wiktor – interpretados por Joana Kulig y Tomasz Kot-se conocen en la creación de un espéctaculo musical que forma parte de la estrategia propagandística del Partido Comunista. Y este mismo contexto, el de la Polonia estalinista, es un personaje más en film. Es el telón de acero el que aplasta; que presiona y ahoga continuamente a los personajes. De hecho, tanto en Ida como en Cold War, las circunstancias van degradando a las personas. Todos son puestos a prueba en un tira y afloja de deseos imposibles y reprimidos: un desencanto ideológico en Ida; un terrible desamor en Cold War.

Captura de pantalla 2018-10-15 a las 10.17.29

De fondo resuenan los ecos de la melodía Dwa Serduszka (Two Heats) de Marcin Masecki que muta su estilo musical con el tiempo; en la misma medida que lo hacen Zula y Wiktor. Nace como una encorsetada canción de folklore, para teñirse de Jazz y culminar cambiando su letra en París. En una de sus frases, “le pendule a tué le temps” (el péndulo ha matado al tiempo) se metaforiza sobre como el balanceo de la pareja, a un lado y a otro del muro, es una cuenta atrás. Se cuela también una virtuosa interpretación de Fantaisie impromptue de Chopin que acelera la caída de últimos granos del reloj de arena.

La cinta muestra un logrado ejercicio de estilo. Tanto en Ida como en Cold War destacan el formato cuatro tercios, sus exagerados y característicos roomheads (aire sobre la cabeza de los personajes) y la fotografía marcada por un blanco y negro intenso. Pese a todo, el director parece quitarle toda importancia a la innovación, señalando que está totalmente justificado: es el formato y color de la época, y no hay más. Pero cualquiera que profundice un poco verá que toda esa “simplicidad” va ligada a una mayor expresividad. “No hay búsqueda de la belleza por la belleza”, tan solo hay una búsqueda del equilibrio entre la imagen y su contenido. Su estilo se ve influido por los maestros polacos de los años 50,  los checo de los 60 o los primeros creadores de la Nouvelle Vague, pero rechaza el pulso de una mano nerviosa para expresar emociones. En su lugar prefiere una mirada estática que permite al espectador pasearse y se descubrirse dentro del film. Además el blanco y negro, más contrastado que de costumbre, marca el conflicto externo e interno del film.

Encapsulado en una Europa de postguerra que se repite en bucle, Pawlikowski se muestra reacio a enfocar una historia sobre el mundo actual. Tal vez porque sea demasiado presente, tal vez por nostalgia, pero sobre todo por la simplicidad de las relaciones de otrora; bastaba una mirada –vale, tal vez unas cuantas- para que el amor se manifestara. Ahora, apenas levantamos la vista de la pantalla, y el ruido que nos rodea impide que escuchemos un multiversionado Two Heartsque hoy sonaría como One Heart –menos alegre que el de Bob Marley-.De la misma forma, Pawlikowski señala que el localismo, en realidad lleva a que la historia contada sea mucho más universal.

Hay películas en las que, si un personaje pide un café o un Cosmopolitan –en Nueva York- es lo único memorable. Pero aclárese, no está mal que los personajes abstemios beban. Lo único es que, al cuarto detalle sin importancia, se te acumula y se te hace bola –aunque sea líquido-. Luego hay películas en las que no sabría decir si hay cafeterías. No sé exactamente qué hacía Zula en París, o en Yugoslavia; no recuerdo si bebía vodka o güisqui. Pero sí sé que su personaje está lleno de ironía e inteligencia, como una Lauren Bacall polaca; y que es desgraciada.

Después de dos hits, es difícil volver a sorprender al público con el mismo formato. Aunque tampoco se le pide que lo haga. Solo espero que, para su próximo trabajo, una adaptación de la novela de Emmanuel Carrère Limónov, mantenga esa misma expresividad. Bueno, también espero que aparezca un personaje que beba alcohol, y poder verlo desde –por lo menos- la duodécima fila.

 

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